Todos duermen. Ya nadie me demanda.
Sólo esa voz que en el día se calla ante el bullicio de la vida. Ahora ella habla, callando en el silencio de la soledad más acompañada, que saborea hojas que huelen a inspiración en una taza, con calor a letras de puño. Donde el horizonte no es lejano, cuando se pierde la mirada en el vacío de la deliciosa nada que tiene de todo.
Lo que se ve quieto se mueve más que nunca y sale a flote, a disfrutar de un instante de escaparate, a fugarse con la mente que es vehículo inocente del alma y entonces… Nada… Un pincel, una pluma y a veces nada, pero acompañan un paisaje que se vuela a otro tiempo, y qué importa el tiempo… si se trata de entregarse a la nada.
Muchos le huyen. A mí me encanta visitarla, cara a cara. Tomarnos esa taza y charlar en un idioma que divaga, telepático, que se empapa y se empaña… y otras veces es la puerta de la calma.